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INTERACCIÓN EN LA ADQUISICIÓN

Daniel Fernández

Siempre hay dos elementos claves y concretos en el proceso de adquisición de un concepto, en este caso la lengua extranjera; la persona encargada de enseñarlo y la que recibe dicha información. ¿Cuál de los dos tiene más responsabilidad en dicho procedimiento? ¿Es el camino para conseguirlo unidireccional? ¿Cuántas partes tiene el aprendizaje para que pueda ser efectivo?

En el ámbito que nos ocupa, tanto el profesor como el alumnado, son piezas básicas para el propósito principal que a ambos compete: conseguir la transmisión y asimilación de todos los contenidos del idioma. “Cuando nos planteamos formar individuos en determinados campos o temas, ya sean aplicados o teóricos, estamos, en definitiva, intentando que aprendan algo que no conocen o no manejan suficientemente con el nivel de destreza que requiere la tarea que vayan a desempeñar”. Es por eso que las dos partes deben de formar un engranaje perfecto para llegar a buen puerto.

Del mismo modo, se requiere un papel muy activo por ambas partes, equiparando de esta manera los niveles de responsabilidad ante el procedimiento de aprendizaje de todas las destrezas impartidas en clase. Partiendo de la base de trabajo del profesor, con una buena preparación y formación, debe tener todo bajo control para así transmitir de forma óptima y concisa, y a su vez, el alumnado ponga la actitud adecuada para la total comprensión de todos los factores que lleven a un buen aprendizaje.

Sin embargo, puede llegar a malinterpretarse este equilibrio que debe alcanzarse entre profesor y alumno. Si se ejerce todo el peso de la balanza sobre uno de los participantes en el proceso podríamos caer en el error, llegando a culpar a uno de ellos como responsable de una inadecuada adquisición. “Es precisamente la interacción entre los participantes en la situación del aula la responsable de que se lleve a cabo la transición entre ambos planos, de que el alumno llegue a dominar habilidades que, o bien no conocía, o bien solo podía poner en juego con ayuda del profesor”.

En la interacción podemos encontrar la clave para definir el proceso de aprendizaje como un circuito cerrado, en otras palabras, un camino bidireccional y recíproco, entre profesor y alumno, donde el canal y el mensaje está basado en la comunicación. En juego hay muchos componentes para que dicha comunicación sea productiva y efectiva, pero teniendo siempre como fondo que el alumnado puede aprender del profesor y el profesor lo hará de sus alumnos. De esta manera, todos son beneficiarios de un bien común, desde la experiencia y práctica diaria rescatando todo lo posible que les hará mejorar en el futuro. “Podríamos decir que el aprendizaje es un proceso de fuera a dentro, o lo que es lo mismo, las habilidades, destrezas y conocimientos que aprendemos, están primero en el plano social para luego pasar a un plano individual”.

Por el contrario, puede existir la perspectiva tradicional y quizás un tanto arcaica, de ver este camino como si de una flecha se tratara, es decir, de forma unidireccional. En este sentido, el papel del profesor puede tener toda la responsabilidad y el alumnado es un mero espectador recibiendo contenidos y sin llegar a conseguir el verdadero objetivo. Toda la información parte de un mismo foco de actividad – el profesor – aunque preparado y apto para impartir todo conocimiento, este no sería completamente asimilado si no contamos con el papel fundamental del alumno, que, a través de sus reacciones, dudas, y demás comportamientos, frente a todo lo que ante él se está desarrollando, perfila y termina de pulir la reciprocidad que debe reinar en el aula. “No es que la interacción social favorezca o facilite el aprendizaje, sino que sin ella no se aprende”.

Se podría clasificar en tres grandes bloques el proceso de aprendizaje, dando respuesta a una de las cuestiones planteadas al comienzo de este artículo y que vendría a reforzar la idea que se viene planteando durante el mismo. Todos estos bloques tienen el mismo nivel de importancia a la hora de la adquisición de cualquier tipo de contenido que se nos presente.

En primer lugar, hablamos del aprendizaje como un proceso constructivo; “ya que el aprendizaje no existe de suyo, sino que se va construyendo sobre la base de la experiencia o conocimientos previos que de ella se generan”, es decir, tanto profesorado como alumnado deben ser capaces de ir edificando una casa donde ellos mismos son los pilares fundamentales bajo el techo de una interacción adecuada. Se retroalimentarán de experiencias cotidianas.

En segundo lugar, también se considera a este proceso como social; “primero aprendemos a hacer las cosas en colaboración con otros (o de la observación de otros) y solo después podemos hacerlo individualmente”. En consecuencia, si el receptor del contenido es capaz de expresar y comprender todas las destrezas adquiridas de forma individual podemos afirmar que el concepto ha sido adquirido completamente.

A modo de contrapartida, este segundo bloque clasificatorio, puede verse desde una perspectiva negativa, ya que “no todos aprendemos igual de rápido, igual de bien, ni aprendemos cualquier cosa con la misma facilidad. No todos tenemos la misma disposición para aprender ni las mismas habilidades de partida”. Aunque tenga cierto punto de veracidad, es aquí donde cobra importancia el aspecto bidireccional del proceso de aprendizaje, ya que el profesorado debe amoldarse a las circunstancias del alumnado para que todos en su conjunto sigan el mismo camino, reforzando a los que por los motivos anteriormente citados tengan menor disposición y afianzando al resto de compañeros.

En tercer lugar, pero no menos importante, tenemos al aprendizaje como proceso comunicativo, “ya que toda interacción en el marco educativo es fundamentalmente verbal y es a través del lenguaje como la ponemos en marcha”. En este punto, el aprendizaje de una lengua se ve altamente beneficiado, ya que la mayoría del tiempo la interacción entre profesor y alumno es mediante pequeñas conversaciones o actividades orales que enriquecen la adquisición del contenido. Más concretamente, en el caso que nos ocupa, se necesita de un continuo contacto con la segunda lengua para que los conceptos queden totalmente claros y se retengan mejor. Además, es muy frecuente que “el contexto sobre el que se trabaja no está presente, o incluso no existe materialmente y es precisamente gracias al lenguaje como lo creamos”.

En este sentido, puede haber alguna controversia ya que la dificultad añadida de que el concepto no es producido ni recibido en la lengua materna del alumno puede entrañar un mayor nivel de frustración al no conseguir una completa adquisición del lenguaje. Aunque para contrarrestar este efecto, se pueden utilizar diversas técnicas y metodologías aplicadas a la enseñanza de la lengua extranjera, haciendo llegar a todo el alumnado el propósito final, que no es otro que la producción de los contenidos de forma colectiva e individual.

Cabe añadir sobre este último apartado, que la comunicación no verbal es de gran ayuda para conseguir los objetivos, tanto académicos como de los rasgos actitudinales del alumnado. Como, por ejemplo; “realizar gestos o mímica mientras preguntan, controlar turnos de palabra, parafrasear las contribuciones de los estudiantes acercándolas al significado propuesto por el profesor”. Esto refuerza a la forma comunicativa principal anteriormente mencionada.

En resumen, el proceso de aprendizaje de una lengua extranjera engloba muchos aspectos a tener en cuenta, siendo primordiales en igualdad de condiciones, profesorado y alumnado. Ambos participantes de este proceso deben cumplir su labor y ejercer su responsabilidad, así el camino a desarrollar será bidireccional y se beneficiarán mutuamente. Igualmente, todo debe estar basado en los tres pilares anteriormente citados, como son los caracteres del proceso: constructivo, social y comunicativo. En definitiva, si todos estos apartados se ven completamente desarrollados, estamos ante la consecución del objetivo más importante, la interacción en la adquisición.

BIBLIOGRAFÍA

  • Cubero, M y Marcos, M. J. (2000). Aprendizaje e interacción social. En M. Cubero et al. Psicología de la educación para profesores de educación secundaria (pp. 59-77). Sevilla.

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